W. Livingston Larned

W. Livingston Larned

En 1927 en la conocida revista Reader’s Digest se publicó una carta, ‘Papá olvida’ de W. Livingston Larned.

Escrito que después se haría mucho más conocida porque Dale Carnegie la publicó en su "Cómo ganar amigos e influir sobre las personas", que se publicó por primera vez en octubre de 1936 y del que se han vendido millones de ejemplares<

Releí el libro de Carnegie estas pasadas fiestas navideñas y volví a disfrutar esta carta con una perspectiva distinta a la de hace 26 años, cuando leí el libro por primera vez. Entonces ni era padre ni trabajaba desarrollando líderes. Hoy la carta, siempre deliciosa, tiene un significado más amplio para mí, muchos más matices y perspectivas.

Y una de esas perspectivas viene influenciada por la oportunidad que me da mi trabajo de relacionarme con líderes excelentes. Y muchos de ellos, casi todos, comparten como característica el ser muy ambiciosos y exigentes consigo mismos y con los demás. Y mientras que ello les ha permitido alcanzar notables éxitos en lo personal y profesional, también les ha creado y les crea notables dificultades sus relaciones, incluso con ellos mismos.

Esa constante exigencia, con frecuencia perfeccionismo, les ha hecho prosperar en su carrera profesional, en su vida, y a la vez también les limita para que, paradójicamente, puedan ir más allá guiados por su ambición.

Los mejores líderes que he conocido son aquellos que son capaces de combinar la tensión paradójica que se da entre una gran ambición para hacer cosas extraordinarias y una gran empatía y aceptación para comprender a los demás. No es fácil. Pero es posible. Y esa es una de las lecciones, una de sus perspectivas, que podemos extraer de esta fantástica carta abierta a un hijo.

Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, con una manita metida bajo la mejilla y con los rubios rizos pegados a tu frente húmeda. He entrado solo en tu habitación. Hace unos minutos, mientras leía el periódico en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, he venido junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hijo: Me había enfadado contigo. Te regañé cuando te estabas arreglando para ir al colegio porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te reprendí porque no te limpiaste los zapatos. Te grité enfadado cuando tiraste algunas cosas al suelo.

Durante el desayuno también te regañé. Derramaste cosas. Engulliste sin apenas masticar. Colocaste los codos sobre la mesa. Untaste demasiada mantequilla en el pan. Y cuando te ibas a jugar y yo salía hacia el tren, te volviste y agintando la mano me dijiste: ‘¡Adiós papi!’, y yo fruncí el ceño y te contesté: ‘¡Yergue los hombros!’.

Y por al anochecer vuelta a lo mismo. Al acercarme a casa te vi jugando de rodillas, jugando a las canicas. Tenías agujeros en tus calcetines. Te humillé delante de tus amigos haciéndote ir a casa delante de mí. ‘¡Los calcetines son caros y si tú tuvieras que comprarlos serías más cuidadoso!’ Pensar, hijo, que esto lo diga un padre.

¿Recuerdas que, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca entraste tímidamente con una mirada dolida en los ojos? Cuando levanté la vista, con impaciencia por la interrupción, vacilaste en la puerta. ‘¿Qué quieres?’ Te dije con brusquedad. No dijiste nada, pero te lanzaste corriendo a darme un abrazo alrededor del cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios hizo florecer en tu corazón y que ni siquiera mi abandono podía marchitar.

Y luego te fuiste a dormir, con pasitos sonoros arriba por la escalera. Bien, hijo; fue poco después cuando se me resbaló el periódico de las manos y un miedo terrible, angustioso, me invadió. ¿Qué había hecho de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender. Así es como te recompensaba por ser un niño. No era que yo no te quisiera; era que esperaba demasiado de ti. Te estaba midiendo según la vara de mi propia edad.

¡Y es que hay tanto bueno, bello y auténtico en tu carácter! Tu corazoncito es tan grande como el amanecer entre las anchas colinas. Así lo demostraste con tu impulso espontáneo de correr a darme un beso de buenas noches. Nada más importa esta noche, hijo. ¡He llegado hasta tu cama en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza!

Es una pobre reparación; sé que no entenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. ¡Pero mañana seré un papá de verdad! Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. Y me repetiré una y otra vez, como si fuera un ritual: ‘¡No es más que un niño, un niño pequeño!

Me temo que te he imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado y fatigado en tu camita, me doy cuenta de que todavía eres un niño pequeño. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. Te he pedido demasiado, demasiado.

Sé feliz, 

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Modificado por última vez en Domingo, 03/03/2019

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